Caminos que nunca habría pensado tomar

Quizá el día en que para mí es realmente palpable la llegada del otoño sea aquel en que al despertar siento que algo a mi alrededor ha cambiado. A lo largo de todo el verano, despierto con la sensación de estar completamente aislada, pues no oigo apenas ningún ruido. Nada, ni dentro ni fuera de la casa, se mueve, y en medio de tal porno me siento como si fuera el único ser en un mundo que permanece en penumbra. Y llega una mañana en que esta aparente soledad se disipa, pues antes siquiera de abrir los ojos puedo percibir ruidos que de tan conocidos sé perfectamente a qué se deben y quién los produce: algún coche solitario que atraviesa la calle; la cancela que se cierra en un patio vecino; el molesto por ser tan agudo timbre de un despertador lejano; cómo corre el agua en la ducha, que queda opuesta a la cabecera de mi cama… A través de la persiana entreabierta se introduce una luz débil, tenue, que penetra más liviana y horizontal que antes en mi habitación, haciéndola amanecer al ir acomodándola a los cambios que está produciendo también en un exterior que al no poder vislumbrar aún se me hace lejano, pues la pereza me tienta a quedarme acostada unos minutos más. Cuando por fín todos los miembros de la familia estamos ya en pie, noto que realizamos nuestras tareas más deprisa que antes, sin demorarnos en ninguna de ellas, con lo que éstas manifiestan un carácter de obligatoriedad que anteriormente no era tan patente; nos aseamos y vestimos rápidamente, desayunamos sin apenas saborear lo que nos llevamos a la boca… Esa mañana, se ha perdido la característica tan asociada al estío de poder dejarnos llevar sin porno, de poder detenernos en cada cosa que hacemos porque disponemos de todo el tiempo que deseemos (o al menos eso pensamos), puesto que ahora tenemos que volver a atenernos a un horario del que nos habíamos desligado. Y cuando un rato más tarde salgo a la calle, siento esa misma luz, crecida pero suave, caer sobre la piel de mis brazos y mi rostro, a los que ya no hiere como en las semanas precedentes, sino que los acaricia cálidamente, mientras una leve ráfaga de viento me recuerda que en breve tendré que vestir prendas más extensas y pesadas. Es ese día, y sólo entonces, cuando sé que ya no es verano.

Debo empezar diciendo que esta frase no la leí por primera vez en el mismo libro del que está tomada, sino, casualmente, en uno de gramática española como ejemplo de oración previamente sustantivada, ejem, es decir, que la encontré totalmente fuera de contexto, y sin embargo, de por sí, su mensaje conectó con algo muy en mi interior, lo que hizo de aquella una de las ocasiones en que la sentencia adecuada llega hasta tí en el momento más oportuno, ya que vino a complementar las largas conversaciones que sobre cierto problema había mantenido con personas de mi confianza como la más certera conclusión de éstas, aportándome una nueva perspectiva.

Nos pasamos los primeros años de nuestra existencia acumulando no sólo conocimientos sobre el mundo, sino también creencias y miedos, que son creados por nosotros mismos, sea por la forma en que interpretamos lo que aprendemos, sea por las experiencias que vivimos, o bien que son asimilados de quienes nos rodean, hasta que, de pronto, llega un momento en que se convierten en un lastre del que hay que librarse para poder avanzar. No es que solamente los acumulemos durante nuestra infancia y adolescencia, pero los acumulados en estas etapas son los que se asientan más firmemente en nuestros esquemas mentales, y además en un momento en que las decisiones que tomemos pueden marcar el camino por el que transcurrirá nuestra vida adulta (al menos, hasta la siguiente bifurcación, de la que no hay manera de saber cuándo llegaremos a ella) y la actitud que adoptaremos. Por esa razón, el conseguir librarse de ellos constituye un paso importante para iniciarse de verdad en una nueva etapa (y no de la forma tan superficial en que algunos entienden la iniciación, el poder hacer ciertas actividades que a menor edad están vedadas), o en la edad adulta. Una de esas creencias, que yo tenía muy asentada en mi mente, es que la vida debía transcurrir por una senda llana, con el menor número de escollos posibles; no es que pensara que nunca iba a tener problemas, sino que creía (prefería creer, actitud que ahora me parece casi de una ingenuidad autoimpuesta), que siempre, en todas las circunstancias, sería capaz de superar las adversidades sin que éstas me dejaran huella, que simplemente me acontecerían pero que terminarían pasando sín tocarme, negándome a asimilar lo que de negativo me había acontecido ya. Sin embargo…

Lo que realmente es la vida es una búsqueda continua de nosotros mismos. Es un camino construído, modificaciones en nuestra forma de entender el mundo y, sobre todo, las vivencias que experimentamos por nosotros mismos. Así que trato de convencerme de que no hay por qué temer dar el paso para abandonar las creencias que nos puedan inmovilizar, que nos hagan permanecer en la pasividad, así como tampoco hay que temer cometer errores en el camino. Nadie vive su vida pensando en hacer de ella una bonita biografía, así como tampoco hay nadie que tenga una existencia ejemplar; curiosamente, me ha costado mucho convencerme de esto, lo que me ha llevado a la deseperación al encontrarme con escollos, al pensar que ya me estaba torciendo, y hasta el arrepentimiento por todo lo que pude hacer que no hice y todo lo que hice (que pienso) que no debí hacer.

Por obvio que pueda resultar, lo cierto es que he tardado en comprender que realmente no es mucho el tiempo de que disponemos en nuestra vida. Comprendo que no siempre es beneficioso emplearlo en analizar todo aquello que no se puede cambiar, sobre todo si se trata de algo perteneciente al pasado, ni tampoco lo es negarse a acometer un riesgo porque el miedo a lo que vaya a traer consigo sea mayor que el deseo de lo que de bueno nos pueda aportar. El arrepentimiento es un sentimiento necesario y saberlo procesar uno de los pilares de la maduración, ya que nos evita cometer los mismos errores que en el pasado, pero hay ocasiones en que presenta la amenaza de convertirse en un flagelo. Ésto es lo que ahora sé y creo comprender; mas a partir de ahí veo abrirse ante mí un largo proceso para llevarlo a la práctica, pues tengo conciencia de que aún no me he librado de todos mis viejos fantasmas (sobre todo de los que más me limitan), y de que además he ido creando con el tiempo otros nuevos. Voy evolucionando desde un estado en que el análisis al que soy tan dada ya no ser un laberinto plagado de espinas, sino una vía hacia mi reconstrucción. Mas es este saber (al que sólo pude llegar en la etapa de mi vida que ahora calificaría de la más feliz), no la práctica, a lo que he llegado aún…